Mi nombre es Juan Alberto Sánchez. A mis paisanos, los saludos de todo corazón a través del espacio y el tiempo que nos separa con el propósito de contarlos una historia. Una travesía de resiliencia y dificultades, de altas y bajas, de coraje y esfuerzo. Una historia que no solo es mía, si no de muchos más que se verán identificados con mis palabras y que vivieron situaciones muy similares. Esto es para todos nosotros.
Nací en la Madre Patria, Tierra Mexicana que llevo en el corazón. En un pueblito ubicado en “El Alma de México”: Michoacán. Era hermoso, pero también muy duro. El dinero siempre faltaba y la violencia e inseguridad estaban presente en la vida diaria. Mi mamá tomó una decisión que ningún padre debería verse obligado a tomar: dejarlo todo y cruzar hacia la incertidumbre de una tierra lejana en busca de una oportunidad de algo mejor.
Llegó a Estados Unidos sin hablar el idioma, sin contactos y sin garantías. Dos trabajos, cobrando menos del mínimo, viviendo en condiciones incómodas, y aun así, se levantaba todos los días para apoyarme y mandarme a la escuela. Mis abuelos también estuvieron presentes y me apoyaron a pesar de que también ellos cargaban sus propias batallas en silencio. Ellos son los verdaderos héroes de mi historia. Su valor y su sacrificio son los cimientos sobre los que estoy forjado.
A los seis años, me arrancaron de todo lo que conocía y caí en un mundo que no entendía, que no perdona, rodeado de gente con la que ni siquiera podía comunicarme. Yo era “el raro”, el que no hablaba, el que no encajaba. No había tutores, ni papás que pudieran ayudarme con mis asignaturas, carecía de un guía o un apoyo que me ayudara a navegar este nuevo mundo. Tal vez mi mamá no podía leer mis trabajos, pero sí podía recordarme por qué tenía que seguir adelante: “Para que tengas una vida mejor que la mía”.
Sin ninguna otra opción, pero siempre con esas ganas de superación, me enseñé solo. Me esforcé al tope y aprendí el idioma. Pasé de ser el niño que no encajaba al estudiante de cuadro de honor, ganándome el respeto de maestros y compañeros. Pero esa sensación de no pertenecer nunca se fue por completo, solo se hizo más profunda. Por fuera, todo se veía “bien”. Por dentro, cargaba un complejo de inferioridad y la idea constante de que tenía que ser el más fuerte y el más listo de la vecindad solo para que mi familia no se mantuviera a flote.
Muy rápido me convertí en ese vínculo, en ese "puente" que unía mi familia y mis tradiciones con el nuevo mundo. Iba a las citas médicas de mi familia y fungía como traductor sin título, ayudaba a amigos y parientes en reuniones escolares y con trámites legales. Enseñaba inglés a primos y hermanos menores, los guiaba en la escuela, les apoyaba con tareas. Yo fui de los primeros en pasar por todo eso, así que sentí que era mi responsabilidad hacerlo más fácil para todos los que venían detrás.
En la prepa encontré dos cosas que me cambiaron la vida: el futbol y el entrenamiento de fuerza. Como capitán del equipo de futbol y parte de la primera generación que construyó el programa desde cero, aprendí lo que significa liderar, marcar el ritmo y empujar a los demás hacia adelante. Más tarde, en ROTC y en el equipo de Raiders, descubrí las pesas y la disciplina que viene con ellas. Competíamos en pruebas físicas brutales contra otras escuelas y chavos con más recursos, mejores instalaciones y vidas mucho más fáciles. Nosotros no teníamos nada de eso, pero sí teníamos algo diferente: disciplina, garra y la fortaleza de no quebrarnos. Ganamos el 100% de nuestras competencias. En mi último año me obsequiaron el premio “Raider of the Year”. La adversidad y dificultad había formado un cuerpo fuerte, una mente astuta y un corazón de nobleza.
Mientras otros adolescentes vivían la “típica” vida de high school en Estados Unidos, yo repartía mi tiempo entre escuela, deporte y trabajo. Los fines de semana en la construcción con mi padrastro y en entre semana por las noches limpiaba mesas en un restaurante mexicano. Cada dólar contaba… para la familia, para útiles escolares, para lo básico. Era agotador, pero también fue entrenamiento: en responsabilidad, ética de trabajo y sacrificio.
Me gradué dentro del top 5% de mi generación… y ahí me topé con otra pared: No contaba con los recursos ni el apoyo para asistir a la universidad. Me vi obligado, al igual que mi mamá en su tiempo, a entrarle con todo directo a la friega de tiempo completo. Dos trabajos, jornadas largas, pocas horas de sueño. Seguíamos celebrando nuestras raíces cuando se podía: fiestas, carnes asadas, momentos pequeños que se sentían enormes. Pero con el tiempo, la rutina empezó a estrangular mis propios sueños.
¿Futbol profesional? Muerto. ¿Camino “normal” de universidad? Ni lo pienses! Lo único que quedó fue el trabajo y la obligación. Aun así, algo dentro de mí se negó a apagarse.
Ese “algo” encontró un nuevo lenguaje en el fitness.
Levantar pesas y cuidar mi cuerpo me devolvió una sensación de control y de propósito. La gente lo notó. La familia empezó a pedirme consejos: primos, tías, amigos que querían sentirse mejor, moverse mejor, verse al espejo con orgullo otra vez. Me convertí en entrenador de mi propia comunidad, igual que antes había sido su traductor y su guía. Ver cómo cambiaban sus cuerpos, sus ideas y sus hábitos encendió un fuego en mí que ya no pude ignorar.
Con el tiempo, a base de mucho esfuerzo y dedicación, logré regresar a la escuela y terminé mi carrera y mi maestría, cumpliendo así el sueño que mi mamá siempre tuvo para mí y honrando su legado. En teoría, ahí podría haber terminado la historia: el hijo de inmigrante que ante toda adversidad se supera y “logra” el sueño americano. Pero el fitness ya era mucho más que un hobby. Era mi forma de sanar, de resistir y de servir a las personas que me rodean.
Empecé a ver el mismo patrón una y otra vez: nosotros éramos quienes trabajaban más horas, cargaban con más responsabilidades y aun así tenían menos tiempo, energía e información para invertir en su salud. La cultura del gym y el marketing de suplementos casi nunca hablaban nuestro idioma ni reflejaban nuestra realidad. Y cuando por fin comprábamos productos, muchas veces eran inadecuados, confusos o hechos para el estilo de vida de alguien más.
Entonces la pregunta se volvió inevitable:
¿Cómo le damos a nuestra gente herramientas prácticas - educación, nutrición, suplementos y acompañamiento - que honren su esfuerzo y les ayuden a construir cuerpos y mentes a la altura de su potencial?
De esa pregunta nació Unchained Fitness.
Unchained es el nombre que le puse al proceso que yo ya había vivido: romper las cadenas de la duda, de la mentalidad de escasez y del “tú no perteneces aquí”, y convertirlas en combustible. Es mi historia, pero no es solo mía. Es la historia de millones de personas que dejaron sus casas siendo niños, que se convirtieron en traductores, en guías, en pilares para sus familias; que trabajaban por las noches y los fines de semana mientras otros estaban de fiesta; esos mismos que fueron por la vida agachando la cabeza, pero con una voz interna diciendo: “Estoy hecho para más”.
Unchained Fitness es mi manera de transformar todo ese trauma, sacrificio y lucha en algo poderoso y útil:
- Educación que aterriza el tema del fitness y la nutrición para la raza que no tiene tiempo para cuentos.
- Suplementos de calidad, transparentes y con inspiración en nuestra herencia hispana.
- Un movimiento que levanta a nuestra gente y fortalece nuestra comunidad.
Hoy me siento orgulloso del hombre en el que me eh convertido, que soy lo que soy gracias las piedras que encontré en el camino. Estoy orgulloso de ser Mexicano, 100% Michoacano, privilegiado de haber crecido en la tierra de la oportunidad y profundamente agradecido con mi madre, mis abuelos y cada persona que sacrificó algo para que yo pudiera estar aquí construyendo este sueño para apoyar a las siguientes generaciones.
Unchained Fitness es mi carta de amor para ellos… y para ti.
Para todos los que alguna vez se sintieron fuera de lugar, que trabajaron el doble por la mitad del reconocimiento, que cargaron a la familia en la espalda mientras intentaban construir un mejor cuerpo y una mejor vida.
Esta marca es la prueba de que no estamos encadenados a nuestro pasado. Podemos convertirlo en fuerza, en legado y en comunidad.
Esto es lo que soy.
Esto es lo que somos.
Bienvenido a Unchained Fitness